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miércoles, 17 de febrero de 2016

El Piso 45



El cristal casi transparente comienza a recibir impactos furiosos de gotas de lluvia, los rayos de sol son eliminados por un frío manto gris que oscurece el panorama, son las 4:26 en el reloj de pared que adorna la oficina, la mayoría de los cubículos están vacíos y mi trabajo ha terminado hace 26 minutos.

Me perdí un momento observando el Zócalo desde mi cubículo que tiene una vista privilegiada en el piso 33, por un momento me desconecte otro instante observando el panorama… Son las 4:54… volteo a mí alrededor y ya todos se han marchado.
Tomo mis apuntes, mi pluma de tinta negra que revela mi ociosidad en su tapa carcomida por mis dientes, estos que tienden a mordisquear lo que sea cuando tengo lapsos de tiempo donde no tengo documentos que revisar en mi escritorio, abro el cierre de mi mochila cuyo sonido retumba en toda la oficina ante la soledad que la habita, introduzco mis apuntes y mi pluma, cierro de nuevo la mochila, disfrutando el eco que por un momento se vuelve adictivo para mis oídos.
Camino entre los cubículos como escuchando las voces de los demás empleados que quedaron encerradas en sus áreas de trabajo, los demás que entre ellos se llaman amigos, yo, soy otro asalariado, existo solamente porque mi nombre aparece en la nómina, de ahí en fuera, soy sólo un rumor.
Presiono el botón de uno de los ocho ascensores con los que cuenta la torre, espero el sonido de llegada de mi transporte vertical, el timbre precede a la apertura de la puerta dejando al descubierto a una mujer de avanzada edad. Siempre he sido respetuoso, pero no puedo evitar demostrar mi disgusto ante el pútrido olor que invade mis fosas nasales, un aroma a comida en descomposición que sólo trae a mi mente un escusado repleto de porquería, la mujer, como si se sintiera culpable por ello agacha la mirada como esquivando mis ojos.
El olor es incómodo, me refugio en una esquina lo más alejado de aquella mujer… he olvidado presionar el botón que me lleva a la planta baja… me desconecte un instante nuevamente, el sonido del timbre me despertó de mi letargo para darme cuenta que estoy sólo en el ascensor.
Me encuentro subiendo de nuevo, el olor se ha ido y antes de presionar el botón que indica la planta baja, diviso una hoja que con letras rojas dice “visita el piso 45”, eso me llena de extrañeza, la torre sólo tiene 44 pisos… la curiosidad me invade, las letras de ese papel no fueron impresas con tinta… parece… sangre… como si en la desesperación alguien se hubiese carcomido las uñas hasta el límite de la piel tan sólo para escribir aquella frase.
Volteo repentinamente al panel de botones metálicos frente a mí, los números acomodados uno al lado del otro, pero al final, más abajo, un botón solitario, uno nuevo, el número 45.
Mi temor hace el amor tiernamente con mi curiosidad, en ese idilio, mi mano se mueve por instinto y presiona el botón 45… las luces blancas se apagan, el ascensor se mueve como víctima de un impacto, las luces se encienden de nuevo, pero ahora con un color rojizo, los cables suenan como si se enrollaran a alta velocidad, como un auto de carreras que quema sus neumáticos antes de avanzar.
La pantalla que marca el número del piso en el que me encuentro empieza a cambiar las cifras de manera endemoniada, se detiene en el número 99… ahora esos números son letras minúsculas… fuera de servicio, pero con letras en color rojo, desvaneciendo el conocido color azul de los dígitos de los ocho ascensores de la torre.Las luces se apagan de nuevo, pasa un minuto, el minuto más largo de mi vida, tan pausado que puedo escuchar el avanzar de unas manecillas… alzo mi muñeca izquierda… ahora tengo un reloj plateado y con un aspecto antiguo. Es marca Omega Seamaster… de 1956.El ascensor ha cambiado su aspecto, se ve… más nuevo, como recién fabricado, en la base del mismo puedo observar una hoja de papel periódico, es sólo una parte, como si lo hubiesen arrancado de alguna de las páginas del diario… 7 de mayo de 1956.

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